La inteligencia artificial está disparando las cuentas de las grandes tecnológicas, pero en el resto de la economía estadounidense todavía no se nota. Esa es la conclusión de una breve nota publicada el 24 de octubre por Torsten Slok, economista jefe de Apollo Global Management, uno de los mayores gestores de capital privado del mundo.
Slok lo resume sin rodeos: pese a las inversiones masivas y al enorme ruido mediático, la IA ha aportado, según él, «cero beneficio financiero» a las empresas estadounidenses que no son tecnológicas. El dato importa porque pone el foco en una pregunta que el sector lleva meses esquivando: quién, además de los que venden la tecnología, está ganando dinero con ella.
Los siete magníficos frente al resto del S&P 500
Para su análisis, el economista separa el índice S&P 500 en dos grupos. Por un lado están los llamados «siete magníficos»: Alphabet, Amazon, Apple, Meta, Microsoft, Nvidia y Tesla. Por otro, las 493 compañías restantes, a las que llama el «S&P 493».
La diferencia, según los gráficos que acompañan la nota, es clara. En las siete grandes tecnológicas crecen tanto los ingresos por empleado como los márgenes de beneficio. En las otras 493 empresas, ambos indicadores se mantienen planos. Y, añade Slok, sigue sin haber señales de que la IA esté impulsando el crecimiento de la productividad.
El gasto en tokens se concentra en las startups
Otro de los argumentos de la nota tiene que ver con quién paga por usar los modelos de IA. Slok explica que las empresas financiadas con capital riesgo gastan cada vez más en tokens (la unidad con la que se factura el uso de estos modelos), mientras que la empresa tradicional estadounidense «no necesita el último modelo» y no está dispuesta a pagar por él.
Mientras la IA agéntica y el gasto en tokens sigan limitados a una parte pequeña de la economía, sostiene, sus efectos macroeconómicos serán muy reducidos. Incluso va un paso más allá: al no ver impacto en sus resultados, muchas empresas convencionales están frenando y empiezan a tratar ese gasto no como una fuente de crecimiento, sino como un coste que se come el margen.
«Una gran calculadora», pero sin criterio
La parte más llamativa del texto es su explicación de por qué el salto puede ser difícil. La gran incógnita, escribe Slok, es si las empresas sabrán convertir una inteligencia cada vez más barata en más ingresos y mejores márgenes, algo que «puede ser más difícil de lo que parece».
Su razonamiento es que la IA puede ser «una gran calculadora», pero que en los negocios la inteligencia es sobre todo criterio, y que ese criterio depende del contexto. Según el economista, la IA no entiende de responsabilidad, confianza, cultura, normas no escritas, dilemas éticos ni equidad, factores que influyen en el riesgo reputacional y, al final, en las ventas y los beneficios.
Qué conviene tener en cuenta
Hay que leer la nota como lo que es: una opinión breve de un economista, apoyada en datos agregados de Bloomberg, Macrobond, la Reserva Federal de San Francisco, la Oficina de Estadísticas Laborales de EE. UU. y el índice de IA de la empresa de pagos Ramp. No mide empresa por empresa ni descarta que los beneficios lleguen más tarde. TechCrunch, que se hizo eco de ella, recuerda además que Apollo fue propietaria de ese medio y que otros estudios recientes tampoco han encontrado grandes mejoras de productividad gracias a la IA.
Aun así, el mensaje encaja con un debate cada vez más presente: el dinero de la IA fluye con fuerza hacia quienes fabrican chips, construyen centros de datos o venden los modelos, pero falta demostrar que se traduce en negocio para el resto.
La batalla se decide fuera de Silicon Valley
Slok cierra con una idea que resume todo su análisis: la historia de la IA no se decidirá en las siete grandes tecnológicas, sino en las otras 493 empresas. Y, por ahora, en ellas no hay pruebas de que los ingresos o los márgenes estén mejorando. Para las compañías europeas, que también están invirtiendo en IA generativa, es un aviso útil: medir el retorno real importa tanto como adoptar la tecnología.